Trump, derechos de derechas y ofensas simbólicas

Eduardo Nabal

Ni la entrada en el ejército (menos en el de EEUU) ni en la familia tradicional ni la asimilación en el modelo capitalista o normativo han sido nunca parte de mi programa político o social o personal como sujeto LGTB o como se quiera definir en estos tiempos. Menos aún como activista queer, si me pongo en esa posición o si me concedo esa legitimidad. En cualquier caso, se me plantea una nueva contradicción pero ya no me asusto tanto ante ellas. Parece ser que para los “queers” del nuevo milenio habitar en la contradicción va a ser una condición casi indispensable para la supervivencia o para poder habitar un espacio político respirable.

Cuando la izquierda europea ha llegado casi a saludar la elección de Donald Trump* (y no hablo de casos aislados) como un continuismo caricaturizado de la política intervencionista de sus predecesores muchos hemos visto lo que ellos no veían: el poder simbólico de la expansión de los discursos homófobos, machistas, racistas como legítimos sobre todo dentro pero, también, fuera de sus fronteras. Y es ahí donde se me plantea el bloqueo a los discursos neoliberal-conservadores y su verdadero alcance.

don-t-ask-don-t-tell.jpgLos gays y las lesbianas nunca lo han pasado bien en el ejército aunque hayan quienes digan lo contrario y menos en el de EEUU donde durante la administración Clinton se formuló la prerrogativa “no lo digas, no preguntes” como obligatoria para que homosexuales o lesbianas pudieran formar parte de sus filas. Incluso se han articulado discursos antimilitaristas desde posiciones de activismo marica, bollo o trans. Estoy con Jennicet Gutiérrez cuando increpó al antiguo presidente Obama en la Casa Blanca por las deportaciones a miles de Mexicanos ahora acentuadas por las políticas xenófobas del nuevo presidente, también con su denuncia de la larga espera de las personas trans sin recursos para obtener unos papeles, una asistencia. El gesto de final de legislatura de Obama de sacar a la soldado Manning (al más puro estilo de “indulto navideño”) de la cárcel resultó de un electoralismo vergonzoso, cuando las políticas públicas hacia los y las trans latinas son tan deficitarias y puramente formales. Pero al menos reconoce su existencia, aunque sea en una esfera simbólica determinada.

Pero el nuevo presidente ni siquiera les reconoce una legitimidad vital o una existencia “real”, como ocurre con la derecha por estos lares, a pesar de sus gestos oportunistas. Esto no nos impide condenar la política estadounidense, particularmente post 11-M.

Las torturas homófobas y sexistas destapadas y retratadas en Guantánamo nos ponen ante la evidencia de que tras la maquinaria de guerra militar imperialista hay también una maquinaria profundamente racista, basada en humillaciones sexuales, presunciones de superioridad étnica, homofóbica, islamófoba y que ha refinado sus formas de tortura convirtiéndolas en un cruel espectáculo. Lo malo es el poder simbólico de la prohibición en sí misma, su alcance como legitimación de otro tipo de actitudes. Como el poder coactivo no solo de las torturas bajo el régimen de Putin sino también el miedo coactivo y abstracto que crean sus leyes contra la “Propaganda homosexual”, se concreten o no.

Y es ahí donde se me plantea un conflicto entre la lucha antimilitarista, antimperialista, antibélica y la lucha universal contra la transfobia. Seguramente un “anti-nortamericanismo” pueril no entiende de sutilezas pero hay zonas de EEUU donde ser gay, lesbiana y trans es un grave riesgo para tu vida. El fundamentalismo religioso, el racismo y la homofobia se encuentran organizados y bien organizados, en un provincianismo moralista que no es ajeno a los habitantes de un pueblo del Norte de África o el de Castilla La Vieja. Aunque existan otras zonas donde se han creado verdaderos núcleos de expansionismo capitalista, para sectores privilegiados y uniformados.

Los defensores de Donald Trump han apoyado su forma de criminalizar a los sectores más vulnerables de la población para hacerlos responsables de la creciente precariedad laboral del país en lugar de apuntar a los ricos y a las grandes empresas y a esas corporaciones a las que sigue favoreciendo sin el menor pudor. Así los inmigrantes latinos, los negros, los transexuales, la comunidad LGTB sin recursos o visibilidad se han convertido en el malo de una película de vaqueros tan increíble como infumable. No debemos infravalorar el poder simbólico de este tipo de gestos discriminatorios (aunque no nos guste la esfera en la que se producen) ya que impulsan la transfobia, entre otras muchas fobias, sin, por ello, dejar de cuestionar no solo el intervencionismo y la prepotencia del ejército de EEUU, sino la existencia misma del ejército en sí, como institución, por viejas y nuevas razones.

Nota: A este respecto vease el artículo de Judith Butler “Podredumbre anunciada” en Página 12.

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