Feminismo trans-excluyente y teoría queer: Réplica a Alicia Miyares

Pablo Pérez Navarro

Hace unos días, la profesora de filosofía Alicia Miyares le dedicaba una reflexión a un artículo publicado por mí en Encrucijadas con el fin de mostrar que existe “un vínculo” entre teoría queer y lo que ella denomina “alquiler de vientres”. Esta era su manera de responder, según explica ella misma, a las críticas por haber empleado la relación “alquiler de vientres-teoría queer como comodín para buscar adhesiones” en la conferencia que pronunció en la XVI Escuela Rosario Acuña, sobre el que han corrido ya algunos ríos de tinta, cruzando acusaciones de transfobia y transmisoginia con una sorprendente proliferación de críticas a la teoría queer.

No resulta evidente, a partir de la lectura del texto de Miyares si el vínculo del que habla procede del hecho de que yo imparta clase sobre estudios queer[1] o, más bien, de que en el citado artículo me apoye en el trabajo de Gayle Rubin y haga alusiones al de Judith Butler. En el primer caso, convendría aclarar que ejercer como profesor no me convierte, claro está, en portavoz de ningún espacio político o teórico. Pensar lo contario sería, como poco, tan aventurado como tomar los exabruptos trans-excluyentes de Miyares durante las jornadas (como cuando niega el reconocimiento de la identidad de género a “las activistas transgénero” con un rotundo “y digo tíos, porque son tíos[2]) como evidencia de que existe “un vínculo” entre feminismo y transfobia, sobre la única base de que ella se define como feminista. Afortunadamente, al igual que sucede con la propia teoría queer y con los múltiples solapamientos e intersecciones entre ambas, la teoría feminista es un campo teórico lo suficientemente amplio, plural y heterogéneo como para que cualquier intento de ocupar su portavocía esté condenado al más estrepitoso de los fracasos.

La segunda opción tampoco parece una base muy sólida para asociar la defensa de cualquier práctica reproductiva con la teoría queer. Mi recurso a la obra de Gayle Rubin no pasa de ser una trasposición de su crítica al abolicionismo de la pornografía al de la Rubingestación subrogada. En concreto, empleaba la descripción de Rubin de la jerarquización del valor social de las prácticas sexuales para repensar la distribución del estigma que recae sobre las prácticas reproductivas que se distancian de la fecundación heterosexual y sin asistencia de terceros. Aprovechaba para señalar además que, a diferencia de esta precursora de la teoría queer, que nunca escribió sobre tecnologías reproductivas, fue el movimiento abolicionista de la pornografía quien sí esbozó, a finales de los años 70, un auténtico totum revolutum entre los peligros de la pornografía, del trabajo sexual y de las técnicas de reproducción médicamente asistida. Así lo hizo, en especial, una de las musas de la deriva moralista del feminismo radical, Andrea Dworkin, quien advertía de que la inseminación artificial, la fecundación in vitro y, muy en especial, la “prostitución de la gestación”, conducirían a un “nuevo tipo de holocausto, tan inimaginable ahora como lo era el Nazi antes de suceder: algo de lo que nadie creería capaz a la humanidad”[3]. Claro que, sin duda alguna, Miyares debe conocer bien estas fuentes, puesto que colapsaban la retórica de la abolición del trabajo sexual y la de la gestación subrogada unos cuarenta años antes de que lo hicieran los manifiestos del colectivo No Somos Vasijas, del que es portavoz.

Como ponen de manifiesto los textos de Dworkin, pocas cosas excitan más la imaginación distópica de ciertos feminismos, a través de las décadas, que las transformaciones de las tecnologías reproductivas. En especial cuando se contemplan bajo la única lente de las relaciones jerárquicas entre los (dos) géneros: “¿Qué será de las mujeres –preguntaba Dworkin—cuando la reproducción, la única capacidad de las mujeres que los hombres realmente necesitan, deje de ser el campo exclusivo de la clase mujeres?”[4]. Miyares permanece fiel a estas dicotómicas coordenadas cuando señala que la única quiebra que deviene en las relaciones de parentesco es en lo que afecta a las mujeres y sus derechos de filiación, ya que se mantiene incólume el potencial ‘constructivo’ del ‘espermacentrismo’ en la más vieja y pura tradición aristotélica”. Se olvida así que la ruptura del vínculo entre esperma y filiación no choca con las normas que rigen el sistema reproductivo con una fuerza ni remotamente comparable a aquella con que lo hace el derecho a gestar para terceras personas. Así lo pone de manifiesto, sin ir más lejos, cualquier donación anónima de esperma. Se obvia además que la práctica de la gestación subrogada implica con frecuencia el recurso a donaciones de esperma, de óvulos, o bien de ambos, por lo que la organización del campo reproductivo que resulta de la normalización de estas y otras técnicas de reproducción asistida no descansa, en realidad, sobre la reificación del vínculo genético sino, más bien, sobre las relaciones que emergen de la articulación de diferentes proyectos reproductivos, por expresarlo con una terminología afín a la autora de El segundo sexo.

 Judith Butler se encuentra presente en el citado artículo, aunque su relación con las políticas reproductivas resulta también, por su parte, bastante indirecta. En relación con esta filósofa, feminista y teórica queer me limito, por un lado, a recuperar la definición que ofrece de las relaciones del parentesco, en unos términos que aceptaría, sin grandes problemas, buena parte de la antropología el siglo XX. Hacía referencia además, po1b4e409310c91c273ba1ab935d4b1576--extra-long-long-liver el otro, a una entrevista en la que Butler aclara no tener una “postura definida” sobre las políticas de la gestación subrogada para luego añadir que, no obstante, tiende a desconfiar de los análisis que sitúan a las mujeres en una posición de indefensión estructural. Por el contexto, se deduce que Butler interpreta que esto sería lo que sucede cuando se niega cualquier legitimidad a las demandas de las trabajadoras del sexo o, de manera similar, a las decisiones de las mujeres gestantes. Esta sería, en todo caso, una relación bastante anecdótica ya que, aun si cayésemos en el error de tomar a Butler como voz unívoca de la teoría queer, lo cierto es que no ha dedicado ningún escrito al tema al que yo dedicaba mi artículo. En suma, más que servir de ejemplo de algún tipo de vínculo entre la defensa del derecho a gestar para terceros y la teoría queer, lo que me proponía e él era, más bien, explorar los silencios que separan ambas cuestiones, para luego defender la necesidad de crear lazos de solidaridad entre quienes, desde diferentes posiciones, desafían las regulaciones estatales del campo reproductivo.

Aclarado esto, me gustaría llamar la atención sobre la cuestión de fondo que atraviesa no solo la conferencia de clausura allí ofrecida por Miyares como el conjunto de una Escuela organizada para alertar del peligro de que “la teoría queer, y más a medida que se aleja de la agenda feminista, corra el peligro de impostar de nuevo precisamente una identidad inadmisible”. Resulta harto difícil determinar a qué se refiere Miyares, por ceñirnos aquí a su conferencia, cuando habla de “teoría queer” ¿Se refiere tal vez, ya que nombra a Butler en al menos una ocasión, a la teoría de la performatividad de género? ¿A las críticas de la bióloga Anne Fausto-Sterling al modelo binario del sexo, o a las de Lisa Duggan a la cooptación neoliberal de las contraculturas gays y lesbianas? ¿Le preocupan, más bien, los ataques de Leo Bersani a la desexualización de la propia teoría queer, o los de Lee Edelman a la instrumentalización de los pánicos morales en torno a la infancia como herramienta de normalización cultural? ¿Nos previene, quizá, contra los riesgos del optimismo utópico de José Luis Esteban Muñoz, o frente a las ubicuas narrativas culturales de la transexualidad que emergen en la obra de Jack Halberstam? ¿Desconfía de la complicidad entre la política exterior estadounidense y los regímenes homonacionalistas que denuncia Jasbir Puar? ¿Le perturbó la lectura de la Ética Marica, de Paco Vidarte, o las recepciones críticas de lo cuir en Latinoamérica? Despejar estas dudas resulta, en el mejor de los casos, difícil, ya que su presentación parece sostenerse  sobre una larga serie de sobreentendidos sobre cuál es su objeto crítico. Sin mayores precisiones, se asocia este con la “teoría transgénero/queer”, el “nomadismo de género”, el “generismo” o el  “constructivismo sexual”, entre otras expresiones similares unificadas por un más misterioso aún “según ellos”[5]. Como complemento a una ausencia de referencias que, académicamente hablando, parece algo improductiva, Miyares va desplazando el foco de sus críticas desde la teoría queer hacia las “activistas transgénero”, a las que acusa de pretender “cargarse el binarismo de género” siendo que, en realidad, “el sexo es un dato de la naturaleza”[6].

Este desplazamiento del ámbito de una desenfocada teoría queer hacia el activismo trans contribuye bastante a darle cuerpo a la citada vaguedad del referente crítico. Según Miyares, la  “queernormatividad” sería responsable por las leyes de identidad de género aprobadas en países que, como Argentina en 2012 o Portugal el pasado año (aunque ella no lo cite, quizá porque el país vecino parece empeñado en multiplicar los motivos para que se olviden de su existencia en los salones del neoabolicionismo), han dejado de requerir la tutela médica para acceder a la alteración del nombre y la marca legal de sexo. Este y no otro sería, en los términos de Miyares, el enemigo “contra el que hay que luchar”[7]. Para ello, al parecer, todo vale, comenzando por “evitar la palabra trans para que no nos acusen de transfobia”[8]. Cabe señalar que, infelizmente, este último uso del plural parece bastante adecuado, vista la ausencia de críticas entre las ponentes ante una diversidad de planteamientos trans-excluyentes que, como muestra con un resumen divulgado estos días en redes sociales, fueron moneda corriente a lo largo de las intervenciones.

Así las cosas, la fórmula “teoría queer” parece funcionar, en la práctica, como un eufemismo con el que se pretende disimular el rearme de cierto sector del feminismo contra el derecho a la autodeterminación de la identidad de género. Dar respuesta a este ataque no requeriría, por tanto, defender de nada a la teoría queer, puesto que esta no ha llegado a sentarse en el banquillo más que, quizá, en la forma de una parodia similar a aquella imagen de Judith Butler convertida en bruja de cartón que fue quemada por los militantes contra la ideología de género que protestaban contra su visita a São Paulo. El uso del fantasma de la teoría queer para atacar las reivindicaciones del activismo trans resulta, por lo demás, un tanto anacrónico, especialmente ahora que la lucha por la autodeterminación del género refleja el consenso de los colectivos LGTB, cuando organizaciones como la Organización Mundial de la Salud se han sumado, al fin, a la senda de la despatologización y cuando hasta el Tribunal Constitucional ha avanzado, aunque con excesiva timidez, en el reconocimiento de la autonomía de las personas trans menores para determinar su identidad de género. El intento de frenar estas transformaciones señalando la amenaza de algo llamado teoría queer no solo incurre en la enorme falacia de reducir a los activismos trans a los estudios o los activismos queer, sino que viene a ser como intentar salvar al Titánic del binarismo de género del naufragio vaciando vasos de agua por la borda.

Ante esta toma de posiciones, urge articular resistencias colectivas para impedir que la tutela médica de los procesos de transición de género sea sustituida por cualquier intento de tutelaje por parte de cualquier sector del feminismo. Especialmente ahora que, de la mano del neoabolicionismo, la retórica trans-excluyente se abre paso en perfecta armonía con los ataques de la extrema derecha a ese ¿otro? fantasma llamado “ideología de género”, y que lo mismo sirve para defender la “prohibición de los vientres de alquiler”, como lo expresa Vox en su programa, que para recortar los derechos de las personas trans. Quizá por eso parecía esta Escuela sobre “Política Feminista: Libertades e Identidades” mucho más inquieta por el espectro de la teoría queer que por la irrupción del neofascismo en las mesas de negociación.

La-causa-oculta-del-hundimiento-del-Titanic

Notas

[1] Lo hice en la Universidad Carlos III de Madrid y me dispongo a hacerlo de nuevo como profesor visitante de estudios queer/LGTBI en la Universidad Federal de Minas Gerais, en Brasil.

[2] Miyares, A., “Banalización del Feminismo y Trampas Patriarcales”, XVI Escuela Rosario Acuña, min. 35.

[3] Dworkin, A. 1983 [1978]. Right-Wing Women. New York: Perigee Book, p. 188.

[4] Ibid., p. 173.

[5] Miyares, .A., o.c., min. 37.

[6] Ibid., min. 37.

[7] Ibid., min. 1:13

[8] Ibid., min. 1:14

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